Pablo Neruda es un poeta de Chile que escribió un poema dedicado a la muerte de Melisanda, la joven bella de la que se enamoró Golaud, y que quiso realmente a Pelleas. Y eso la llevó a morir antes de tiempo a manos de su propio marido, que también había matado antes a Pelleas.
Mi padre me lo ha recitado.
LA MUERTE DE MELISANDA
A la sombra de los laureles
Melisanda se está muriendo.
Se morirá su cuerpo leve.
Enterrarán su dulce cuerpo.
Juntarán sus manos de nieve.
Dejarán sus ojos abiertos
para que alumbren a Pelleas
hasta después que se haya muerto.
A la sombra de los laureles
Melisanda muere en silencio.
Por ella llorará la fuente
un llanto trémulo y eterno.
Por ella orarán los cipreses
arrodillados bajo el viento.
Habrá galope de corceles,
lunarios ladridos de perros.
A la sombra de los laureles
Melisanda se está muriendo.
Por ella el sol en el Castillo
se apagará como un enfermo.
Por ella morirá Pelleas
cuando la lleven al entierro.
Por ella vagará de noche,
moribundo por los senderos.
Por ella pisará las rosas,
perseguirá las mariposas
y dormirá en los cementerios.
Por ella, por ella, por ella
Pelleas, el príncipe, ha muerto.
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domingo, 21 de marzo de 2010
viernes, 5 de marzo de 2010
Antonio Machado: El limonero lánguido
Este es el poema que hemos trabajado en la clase:
El limonero lánguido suspende
una pálida rama polvorienta
sobre el encanto de la fuente limpia,
y allá en el fondo sueñan
los frutos de oro...
Es una tarde clara,
casi de primavera,
tibia tarde de marzo
que el hálito de abril cercano lleva;
y estoy solo, en el patio silencioso,
buscando una ilusión cándida y vieja:
alguna sombra sobre el blanco muro,
algún recuerdo, en el pretil de piedra
de la fuente dormido, o, en el aire,
algún vagar de túnica ligera.
En el ambiente de la tarde flota
ese aroma de ausencia,
que dice al alma luminosa: nunca,
y al corazón: espera.
Ese aroma que evoca los fantasmas
de las fragancias vírgenes y muertas.
Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara,
casi de primavera,
tarde sin flores, cuando me traías
el buen perfume de la hierbabuena,
y de la buena albahaca,
que tenía mi madre en sus macetas.
Que tú me viste hundir mis manos puras
en el agua serena,
para alcanzar los frutos encantados
que hoy en el fondo de la fuente sueñan...
Sí, te conozco, tarde alegre y clara,
casi de primavera.
El limonero lánguido suspende
una pálida rama polvorienta
sobre el encanto de la fuente limpia,
y allá en el fondo sueñan
los frutos de oro...
Es una tarde clara,
casi de primavera,
tibia tarde de marzo
que el hálito de abril cercano lleva;
y estoy solo, en el patio silencioso,
buscando una ilusión cándida y vieja:
alguna sombra sobre el blanco muro,
algún recuerdo, en el pretil de piedra
de la fuente dormido, o, en el aire,
algún vagar de túnica ligera.
En el ambiente de la tarde flota
ese aroma de ausencia,
que dice al alma luminosa: nunca,
y al corazón: espera.
Ese aroma que evoca los fantasmas
de las fragancias vírgenes y muertas.
Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara,
casi de primavera,
tarde sin flores, cuando me traías
el buen perfume de la hierbabuena,
y de la buena albahaca,
que tenía mi madre en sus macetas.
Que tú me viste hundir mis manos puras
en el agua serena,
para alcanzar los frutos encantados
que hoy en el fondo de la fuente sueñan...
Sí, te conozco, tarde alegre y clara,
casi de primavera.
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