Dani de Rojas y yo hemos hecho esta presentación que Pepa nos ha mandado sobre la ciudad inglesa de Oxford. Es una ciudad preciosa. Hemos aprendido que se la conoce sobre todo por su Universidad y porque allí se fabrica el Mini Morris.
Pablo Neruda es un poeta de Chile que escribió un poema dedicado a la muerte de Melisanda, la joven bella de la que se enamoró Golaud, y que quiso realmente a Pelleas. Y eso la llevó a morir antes de tiempo a manos de su propio marido, que también había matado antes a Pelleas. Mi padre me lo ha recitado.
LA MUERTE DE MELISANDA
A la sombra de los laureles Melisanda se está muriendo.
Se morirá su cuerpo leve. Enterrarán su dulce cuerpo.
Juntarán sus manos de nieve. Dejarán sus ojos abiertos
para que alumbren a Pelleas hasta después que se haya muerto.
A la sombra de los laureles Melisanda muere en silencio.
Por ella llorará la fuente un llanto trémulo y eterno.
Por ella orarán los cipreses arrodillados bajo el viento.
Habrá galope de corceles, lunarios ladridos de perros.
A la sombra de los laureles Melisanda se está muriendo.
Por ella el sol en el Castillo se apagará como un enfermo.
Por ella morirá Pelleas cuando la lleven al entierro.
Por ella vagará de noche, moribundo por los senderos.
Por ella pisará las rosas, perseguirá las mariposas y dormirá en los cementerios.
Por ella, por ella, por ella Pelleas, el príncipe, ha muerto.
El sábado por la mañana fui con mis padres a un pueblo que se llama Guillena. Allí hay un embalse y decidimos ir a verlo. Es el embalse del Gergal; me encontré con un espectáculo maravilloso: como llueve mucho el embalse se ha llenado y como sigue lloviendo estaban desembalsando agua. Parecía una catarata, el agua rebotaba en las piedras y salía pulverizada. El viento llevaba el agua hasta los árboles que estaban chorreando, me llegaba el agua hasta la cara. ¡Era impresionante!
El limonero lánguido suspende una pálida rama polvorienta sobre el encanto de la fuente limpia, y allá en el fondo sueñan los frutos de oro...
Es una tarde clara, casi de primavera, tibia tarde de marzo que el hálito de abril cercano lleva; y estoy solo, en el patio silencioso, buscando una ilusión cándida y vieja: alguna sombra sobre el blanco muro, algún recuerdo, en el pretil de piedra de la fuente dormido, o, en el aire, algún vagar de túnica ligera.
En el ambiente de la tarde flota ese aroma de ausencia, que dice al alma luminosa: nunca, y al corazón: espera.
Ese aroma que evoca los fantasmas de las fragancias vírgenes y muertas.
Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara, casi de primavera, tarde sin flores, cuando me traías el buen perfume de la hierbabuena, y de la buena albahaca, que tenía mi madre en sus macetas.
Que tú me viste hundir mis manos puras en el agua serena, para alcanzar los frutos encantados que hoy en el fondo de la fuente sueñan... Sí, te conozco, tarde alegre y clara, casi de primavera.
Mi padre ha querido contarme el cuento; y lo ha grabado para que lo escuchemos todos:
Juanillo y la Mata de Garbanzos
La historia que te voy a contar ocurrió hace muchos años, allá cuando las cosas imposibles ocurrían a veces. Hay quien dice que no fue así como pasó. ¡Ja! Que venga y me lo demuestre. Yo te digo que así pasó, y si no te lo crees, haces muy bien, pues puede que sea mentira. Todo empezó porque Juanillo decidió prepararse un cocido. Al olor del tocino, un gato se asomó por la ventana y el chico lo ahuyentó tirándole un puñado de garbanzos. A la mañana siguiente, allí donde habían caído los garbanzos se alzaba una planta descomu¬nal. Tan alta era que su extremo se perdía entre las nubes. Sin pensarlo dos veces, Juanillo se encaramó al tallo de la Mata gigante y trepó y trepó y trepó y trepó y trepó. Cuando la Mata se acabó, sintió tierra bajo sus pies. Se encontraba en un Lugar Extraño Colgado Entre Las Nubes. Frente a él había una puerta enorme, tremenda. Llamó. Toc, toc.